martes, 28 de julio de 2009

por una linda mirada


Tu pelo era de oro y tu sonrisa parecía nieve; tus ojos dos lagunas y tu cuerpo una obra de arte viviente. A mi lado pasaste, siendo algo indiferente. Yo para disimular que te había mirado de reojo, me puse a silbar una canción sugerente. Me di la vuelta en ese instante, cogí tu mano y prendado me quedé, cuando fundiste tu mirada en mi rostro. Disimulé para pedirte la hora, no sabía qué decir que no fuera una chorrada. Aproveché y con la excusa te dije: bonita mirada. Tú extrañada me dijiste: muchísimas gracias. Me di cuenta de tu descuido, te pillé con la defensa baja. Te pregunté el nombre, tú voz salió desde lo más profundo de tu ser y me dijiste: Sara. Nos dimos los teléfonos, dijimos de quedar para una copa. Yo me iba dando botes de alegría, tenía el teléfono de la chica más bella que puede que exista.

Angustiado y sin saber qué hacer, te llamé por teléfono esa misma tarde, no sabía si querrías quedar con un desconocido, pero bien dice el refrán: la gloria se obtiene después de un riesgo cometido. No sabía qué me dirías, si me despreciarías o aceptarías. Te propuse tomar café, charlar y disfrutar del momento vivido. Fui caminando hacia donde habíamos quedado, creando por el camino un mundo de ilusiones y fantasía. Me propuse hacerte ese día, sólo mía.
Nuestra risa contagió de alegría a todo aquello que nos rodeaba. Tomamos un café en aquel lugar, acompañados de una música singular. Nos contamos anécdotas, queríamos conocer algo más nuestras distantes vidas. Nuestras manos se juntaron, quisieron fundirse eternas en un solo momento. Nuestras miradas se fundieron, no existía nada a nuestro derredor, nuestros labios poco a poco se acercaron y sin darnos cuenta, cerramos los ojos y nos dejamos llevar por el momento, fundiéndonos, en un instante, en un profundo beso.

Jugamos con el tiempo a nuestro antojo, no existía momento alguno en aquel día, después de aquel café te invité a cenar en casa y tú aceptaste sin decirme condición alguna. Me pediste algo de tiempo para acicalarte y luego a mi casa vendrías. Yo mientras tanto, en casa fui haciendo la cena para esa noche íntima. El timbre sonó, tranquilamente a la puerta me acerqué, abrí la puerta y deslumbrado me quedé. Tu mirada y tu sonrisa me cegaron. Un beso tierno bajo el umbral de la puerta hizo que me estremeciese. Accedimos al salón, serví la mesa y mientras cenamos, canciones de amor iban sonando a media voz, mientras degustábamos la comida a la luz de las velas.

El ambiente era perfecto, la noche juraba ser eterna, mientras que al son de la música bailábamos una balada lenta. Nos fundimos en un abrazo, el tiempo se paró, fundimos nuestras miradas y con ello el corazón. Tus ojos acuosos brillaron, nuestros labios se fundieron, mientras que al son de la música ascendíamos juntos al cielo. Poco a poco mis manos recorrieron tu cuerpo, suavemente se deslizaban desde tu espalda hacia el cuello. Un tirante insinuante quiso jugar también en nuestro encuentro, dejándose caer levemente para que yo desde ahí comenzase a besar tu cuello.

Sentía tu respiración, cómo se aceleraba tu cuerpo, mientras que besándote, bebí el placer de tu perfume. Tú poco a poco mi camisa desabrochabas, mis manos sobre tu cuerpo nadaban, frenesí desatado que poco a poco nos fue atrapando... Un torbellino de sensaciones, una mirada tierna que esconde algo de perversa, mis brazos cogiéndote y llevándote a la cama, mientras te beso en los labios.

Lo que quedaba de nuestras ropas, arrugado en el suelo se quedó. Desnudos nuestros cuerpos jugaban como niños inocentes a un juego de perversión. Tumbada en la cama estabas, mientras yo te aprisionaba con mis manos, erótico juego de cazador y presa cazada. Te pedí que cerrases los ojos que no te iba a pasar nada, quise que vieras mil estrellas, sin necesidad de rozar nada. Mi mano jugaba sensualmente a no rozarte nada. Yo a un milímetro de tu piel y sin embargo no te tocaba. Sentía tu cuerpo estremecer, mis labios a tu boca acerqué, pero no te besaba. Quería que sintieras algo nuevo y junté mis labios tanto, que en vez de un aire cálido, frío lo exhalaba. Por donde pasaba, la piel se erizaba, sentía cómo te reías porque te gustaba.

De repente paré de hacer aquello, no aguantaba más la excitación y aquella norma que me había impuesto de no rozarte nada, la rompí en un momento. Primero mordí tu labio, luego fue un jugoso beso. Tus manos acariciaban mi espalda y me puse a saborear todo tu cuerpo.
Tú te estremeciste, cuando jugando con tu escote, te besaba los pechos. Poco a poco con mis labios fui descendiendo. Me acomodé entre tus piernas y bebí de la copa de tu sexo. Tú me pedías más, yo no puse objeción a ello. Tus gemidos la habitación llenaban, la respiración era el sonido perfecto y en ese preciso instante me dijiste, ahora entro yo en el juego.
Me tumbaste sobre la cama y recostada, a mi lado, jugabas con mi pelo, me besabas tímidamente, rozando mis labios, nada más que eso. Como gata en celo te pusiste sobre mí, tu lengua recorría todo mi pecho. Tu dedo se coló por mi boca y te acercaste para darme un beso.

Tu dedo impedía el roce, yo por la excitación con la mirada te dije: quita ese dedo. Tú no me hacías caso y seguiste jugando. Con tu dedo fuiste recorriendo mi pecho, bajaste hasta los infiernos y tu mano agarró mi sexo. Me estremecí como si me quisiera morir, cuando tu boca lo empezó a besar. No recuerdo cuanto duró aquello, pero no quería que terminara nunca, porque era muy bueno.

Me sentí como caballo desbocado, cuando te erguiste sobre mí. Suavemente introdujiste mi sexo dentro de ti. Qué suave sensación, que rico placer. Cuando aquello tan delicado y sutil se introdujo en ti. Suavemente bajabas y subías, mientras que jadeantes los dos decidimos incrementar el ritmo de una cadencia de melodías. Cambiamos de postura y me puse encima tuya, incrementando el ritmo lentamente, mientras mi oreja me mordías. Tus manos acariciaban mi espalda, y de repente el tiempo se paró, me dijiste ¡para, para! Pues tu orgasmo llegó. Yo no te hice caso, no quería frenar en ese momento. Tú como castigo, la marca de tus uñas dejaste sobre mi pecho. Seguimos así toda la noche, orgasmo tras orgasmo, cada vez más intenso, hasta que vencidos por el cansancio, nos sumimos en el sueño eterno.

Hoy recuerdo aquella noche, como si hace un instante se tratara, en la que un día te paré por mitad de la calle, sólo para decirte: qué linda mirada.

1 comentario:

tulipan negro dijo...

Sigue escribiendo que me tienes en vilo con esas historias eroticas y sublimes ...........

un besazo